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Excursión al Cañi: Los antiguos paisajes del mundo

El Santuario de la Naturaleza El Cañi es una reserva dedicada a la protección de las araucarias (Araucaria araucana) situado a unos 20km de Pucón, Chile. El nombre significa «Visión que transforma» en mapudungun, y era un lugar sagrado para los indígenas de la región. Una vez dentro de estos bosques, es fácil comprender el porqué.

Escoger el primer lugar sobre el que queríamos hablar en esta sección no fue sencillo, podríamos empezar hablando de lugares espectaculares como Las Torres del Paine, o quizá de lugares curiosos como los que te encuentras perdidos por Atacama. O de las maravillas escondidas en la zona Metropolitana de Santiago. Todos temas que pueden resultar muy interesantes, pero hay uno al que somos especialmente sensibles; el Santuario del Cañi.
Todo empezó cuando sin saber muy bien cómo, terminamos escapándonos del caluroso Santiago hasta las afueras de Pucón en la Región de la Araucanía. Con las mochilas en la espalda equipados como si nos fuéramos a una larga travesía llegamos en un voluntariado a los pies de el Cañi. Por aquél entonces todavía no habíamos tenido la suerte (o quizás el tiempo) de ver un bosque de Araucarias aunque poco faltaba.

 

Cargados con las mochilas a media subida

Días esperando el sol

Los días fueron pasando entre lluvia y más lluvia, puesto que cuando en el sur comienza a llover, créanos que lo hace con mucho empeño. Mientras esperábamos tener el golpe de suerte de encontrar dos días seguidos de buen tiempo íbamos pensando sobre qué podríamos encontrar allá arriba poniendo toda nuestra imaginación sobre cómo de bonito se podría ver el cielo estrellado.

A finales de abril llegó la oportunidad, cargamos las mochilas, seguramente con un exceso de equipaje en la espalda (porque si llevas la cámara fotográfica mejor también lleva la guía de campo, y unas cuantas lentes para que no se escape ni el detalle más pequeño) pero ni cortos ni perezosos nos enrutamos hacia arriba.

 

El chucao, curioso habitante de los bosques del Sur de Chile

Apenas nos dio tiempo a empezar el ascenso cuando la imagen del Volcán Villarrica decidió acompañarnos cada vez que el bosque de jóvenes hualles, y arrayanes se aclaraba y daba lugar a la perspectiva del Valle de Huife. Pero no fue el único habitante del sur que lo hizo, puesto que los cantos de las aves del bosque pasaron de ser melodías lejanas a convertirse en chucaos curiosos que nos observaban a dos palmos de nuestras botas.

Para aquellos que no lo hayan experimentado, es algo que no deben perderse, ya que hasta Darwin se sorprendió con estos pequeños señores de los bosques del Sur, a veces tan lejanos y tímidos que apenas los escuchas, pero otras veces tan atrevidos y curiosos que se te suben sobre los zapatos cuando estás descansando, observándote con ojo crítico y curioso.

A medida que íbamos avanzando, el bosque nos mostraba los colores otoñales en todo su esplendor; hojas anaranjadas, amarillas y rojizas formaban un lecho alrededor del camino creando un hogar acogedor para multitud de hongos, entre ellos los ricos changles. Pero como si de un atisbo de primavera se tratara, también aparecían enredadas sobre las ramas de los hualles las flores del copihue, grandes y vistosas, atrayendo como no a más de un picaflor chico.

Maravillados ante los imponentes coihues centenarios

Del bosque nuevo al bosque antiguo

Del bosque pasamos al prado y del prado de nuevo al bosque, aunque éste no era igual que el anterior, sino que troncos eran mucho más grandes que antes, y el sotobosque estaba formado por una maraña de gigantes caídos cubiertos por musgos, helechos y hongos. Estos últimos ya no sólo tomaban colores otoñales, puesto que eran de colores tan vistosos como el azul y el morado.

Y allí estábamos, acompañados del sol, bosques centenarios, ríos y el sonido lejano de carpinteros magallánicos buscando comida en los árboles cuando el bosque se abrió para dejar paso a la laguna, en el reflejo de la cual llegaron por primera vez las araucarias.

Las gigantescas araucarias rodean la Laguna Negra

La Araucaria, la estrella del Cañi.

Árboles despeinados formando bosques completamente despreocupados, con ramas por aquí y por allá. Troncos creciendo altivos en medio de las lengas ya casi sin hojas. Antes de sumergirnos del todo en este paraje tan nuevo para nosotros, nos avisaron de que era de buena educación pedirles permiso a las araucarias para poder entrar. Con dos centinelas de más de 20m observándonos de cerca, no dudamos en entender el por qué.

Así empezamos a quedar completamente maravillados, caminando por paisajes tan antiguos cómo los dinosaurios que a día de hoy, como comentó Allan en la charla de presentación de su libro, siguen ocupados por sus descendentes, aunque por suerte de los curiosos que los visitamos, son más pequeños y encantadores y tienen forma de simpáticas avecillas.

A pocos metros de llegar a la Laguna Negra, lugar permitido para la acampada, el bosque tomó colores más fríos. De las ramas de las lengas colgaban grandes líquenes que se balanceaban con la brisa. Las tonalidades de gris y verde oscuro eran dominantes, que daban al ambiente un toque irreal, incluso mágico.

El bosque cubierto por líquenes crea unos paisajes de película

Persiguiendo los últimos rayos del sol

Llegamos rápidamente a la laguna negra y el área de acampada, rodeada por majestuosas araucarias que se reflejaban perfectamente en el espejo que formaba la laguna. El sol bajo de esta época del año aún teñía las copas, pero desaparecería muy pronto detrás de las colinas cercanas. Tras acampar y recuperar fuerzas en el mínimo tiempo necesario, partimos a buen ritmo y con las espaldas aligeradas hacia el último tramo de la subida
Al ritmo que nos marcaban los carpinteros magallánicos fuimos subiendo tan rápido como nuestras cansadas piernas nos permitían hacia el mirador, persiguiendo los últimos rayos del sol. Temiendo llegar tarde para la puesta de sol aceleramos la marcha, tanto como lo permitía el desgaste del día. A media subida nos detuvimos, obligatoriamente, para contemplar el volcán que se aparecía entre las últimas hojas otoñales de las lengas: El Lanín, un gigante de 3776m que domina el paisaje y, si es que es eso posible, eclipsa al ya conocido por nosotros Villarrica.

Carpinteros magallanicos en el último tramo de subida al mirador

Alcanzamos de nuevo la luz en el collado previo a la cima del mirador. Desde el mismo lugar tuvimos la ocasión de contemplar el tercer gran volcán visible desde la reserva, el Llaima. La punta apareció también entre las copas de los árboles, ahora ya teñidas con las últimas luces del día. Una última subida y llegamos a la cima del mirador.
Hay paisajes que se gravan profundamente en la retina. La vista que se abrió a nuestros ojos cuando dejamos atrás los últimos árboles es uno de ellos. Los volcanes, los bosques de araucarias centenarias (o milenarias), los lagos que parecían parchear el paisaje con más cielo. Todo bañado con la luz dorada del atardecer, que rápidamente tornó a tonos naranjas y rojos. Ante tal escenario pronto dejamos las cámaras aparcadas en la bolsa e hicimos lo mejor que se puede hacer en estos casos: Sentarse en silencio a contemplar, a mirar, a disfrutar, sin nada que se interponga entre los ojos y el entorno.

Vista desde el mirador de El Cañi

El mirador de El Cañi: un lugar único

Y así pudimos ver como los rayos de sol que iluminaban los valles iban rápidamente dejándolos en penumbra. Las luces que pintaban las cimas nevadas de los volcanes pasaban del dorado a los naranjas, rojos y violetas. Las araucarias de nuestro alrededor parecían levantar sus brazos queriendo atrapar los colores del cielo. Los lagos absorbiendo esta luz y reflejándola creando nuevos soles en el paisaje.

Volcan villarrica desde el mirador de El Cañi
Lanin con el ultimo rayo de sol
Las araucarias recortan sus siluetas con Pucón y el lago Villarrica de fondo

En pocos minutos más el sol alcanzó el horizonte, el cielo se tiñó de rojo y los colores vivos que hasta entonces dominaban el entorno pasaron a pasteles rosados y lilas. El aire se volvió más frío al instante, preludio de la noche que se acercaba. Al mismo tiempo que aparecían las primeras estrellas en el cielo, a la lejanía, los pueblos de Pucón y Villarrica encendían sus luces bajo el humo que da calor a los hogares.

Y las araucarias parecían tornarse aún más grandes, más inmóviles y más majestuosas. Ellas han estado aquí desde hace millones de años y ahora siguen estando, observando a la lejanía las actividades del día a día humano, demasiado rápido para que lo puedan asimilar, demasiado acelerado para sus esquemas de tiempo, demasiado peligroso para su lenta y pausada existencia.

El sol se va, las araucarias se quedan
Cielo nocturno desde la Laguna Negra

2 comentarios en “Excursión al Cañi: Los antiguos paisajes del mundo

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