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No es momento para el desánimo

Las noticias referentes al cambio climático causado por la acción de la especie humana nos llegan constantemente por muchos medios. Se dice que no hay marcha atrás, que los acuerdos internacionales son sistemáticamente incumplidos y que el planeta se aboca al desastre.

Sin embargo, es importante saber que ante tal futuro de negatividad sobre el cambio climático existen soluciones. Y todas ellas pasan por que el conjunto de la población tome consciencia de que somos parte del problema y, por lo tanto, de la solución.

La nieve en el Pirineo atrae cada año a miles de turistas. La disminución del «oro blanco» ya está amenazando algunos centros de esquí.

A nadie le debe tomar ya por sorpresa nada relacionado con el cambio climático. Seguramente no hay dudas acerca de su significado, los motivos que lo han impulsado y sus consecuencias. Es un tema de actualidad, presente en nuestro día a día que se va actualizando constantemente y se abarca de muchas maneras distintas.

 

Un futuro complicado

Recientemente la prensa se hizo eco de unos artículos publicados en la revista Nature que indican que la Tierra se está alejando cada vez más de los mejores escenarios tolerables con los que los científicos están trabajando. Aún peor, se afirma que con los niveles actuales de gases de efecto invernadero, y con un cese inmediato de todas las emisiones, posiblemente ya seria tarde para evitar un calentamiento de 2ºC, considerado el máximo que podría tolerar el planeta sin graves alteraciones.

Y en ese momento, literalmente el mundo se nos cayó encima. Es inevitable que te preguntes cómo tú, una sola persona entre tantos millones puedes “salvar el mundo”. Que te preguntes cómo hemos llegado hasta esta situación. Y en este momento nos entró una profunda tristeza y preocupación por el futuro que ya está llegando… pero al día siguiente (ya sabéis, la vida sigue) arrinconamos esa pena y nos volvimos a preocupar por nuestras tareas del día a día.

 

El amargor después de la noticia

Pero el tema quedó por allí, flotando en el aire. Y nos dejó un pensamiento bien amargo. Si nosotros, biólogos de carrera, que vivimos estudiando el mundo natural y vemos de primera mano los efectos del cambio climático, somos capaces de digerir una noticia así en pocas horas y pasar a otra cosa… ¿Qué sucede con las otras personas que viven más alejadas de todo ello? ¿Cómo reacciona el conjunto de la población ante estas noticias tan catastróficas?

El aumento de más de dos grados sobre la temperatura media anual de la Tierra, la subida del nivel del mar, la desecación de los bosques, extinción de miles de especies… Son escenarios más que probables de un futuro al que vamos en camino, y se nos recuerda constantemente a través de los medios, de las redes sociales, incluso en las campañas políticas. Pero es algo demasiado “grande” para nosotros, para que podamos digerirlo. Si ya nos cuesta comprender y reaccionar a temas mucho más cercanos como la corrupción en la política o  el aumento de los precios en el supermercado, ¿Cómo vamos a poder digerir algo a escala mucho más superior? ¿Cómo puede entrar en nuestros esquemas mentales que cambios de tal magnitud son posibles? ¿Cómo vamos a tener presente y poder actuar hacia algo que no logramos comprender del todo?

 

Comprender el cambio no es fácil

No es tarea sencilla. Creemos que para ello un buen ejercicio es reducir esta gran complejidad de predicciones a algo más sencillo, algo que nos afecte cotidianamente.

Por la mañana cuando nos levantamos, seguro que todos identificamos el canto de algún pajarillo tan madrugador cómo nosotros. Ya sea un carbonero común (Parus major) o un escandaloso queltehue (Vanellus chilensis) que protege su zona de pasto de algún intruso.

En primavera llegarán de nuevo las golondrinas. Sus vaivenes en el cielo primaveral se vuelven parte de la estación en sí. Cuando éramos chicos la llegada de las golondrinas suponía todo un conjunto de actividades nuevas en el colegio. A parte seguro que muchos de camino a casa pasaban por debajo de algún nido, y casi sin quererlo veían crecer a los pollitos hasta que alzaban el vuelo. Incluso años después de la escuela podemos recordar todavía aquél poema de Bécquer…

En verano, siempre habrá un árbol bien acogedor que dé algo de sombra en tu camino hacia algún lugar. Poder escaparse del sol y refrescarse bajo la copa de un árbol es un pequeño lujo en los días calurosos, o incluso para descansar y dormir la siesta debajo de algún pino carrasco (Pinus halepensis).

Con el otoño llegan las castañas y las setas. En nuestra casa tenemos gran tradición de ir a buscar setas, cada persona tiene su lugar favorito de recolección y es un secreto bien guardado bajo llave, sólo pasa de generación en generación a través del nieto más querido. Por no hablar de la multitud de recetas que se pueden preparar con ellas.

Y en invierno, cómo no, la nieve. Es un motor importante de la economía de los pueblos pequeños de montaña, que durante el invierno reciben a mucha gente que va allí a disfrutar. Y es divertido cuando, en el momento más frío del invierno, se escapan unos copos de nieve poco habituales y cubren nuestra ciudad por unas horas.

 

El carbonero común es una de las aves más abundantes de la península ibérica. Este ejemplar fue capturado en una jornada de anillamiento, lo que permite ver los cambios en las poblaciones

Ausencias que notaríamos.

Pero… ¿Y si las mañanas se volvieran silenciosas? Podéis imaginaros el levantarse sólo con el ruido de los autos y las voces de la gente, ¿No echarían en falta el canto de las aves?

¿Y si las golondrinas no regresaran en primavera? ¿Quién ocuparía el cielo en su lugar y ayudaría a tener a raya a los insectos?

¿Y si no quedasen árboles para refugiarse en las tardes calurosas de verano? Si sólo quedasen pequeños arbustos, además de los que pinchan y la única sombra en una distancia considerable fueran las paredes de nuestras casas…

¿Y si dejasen de haber setas en otoño? Si los veranos fueran tan calurosos que no acompañasen a la lluvia y entonces las setas no quisieran crecer.

¿Y si marchase la nieve en invierno? Qué pasaría si dónde suele nevar empezase también a llover…

Sólo imaginemos los pequeños detalles de nuestro día a día que podrían desaparecer, pequeños placeres que tomamos como obvios pero que un día podrían no estar ahí. ¿Cómo sería llevar a nuestros nietos al museo de historia natural y enseñarles la réplica de un león, de una golondrina o de un pino, mientras les contamos que cuando éramos jóvenes había seres  así de espectaculares donde ahora hay nada?

 

Puede ser tarde para que todo siga igual, pero no para evitar profundos cambios

La naturaleza es una enorme red donde todo está conectado, desde los seres vivos hasta los objetos inertes. Compleja y maravillosa, pero a la vez delicada, ya que un solo hilo suelto puede deshacer todo el telar. Por lo visto, es más que probable que, aunque dejásemos de tirar de este hilo, no seamos capaces de recomponer el telar de nuevo, y este, además, se habrá vuelto más delicado. Pero podemos evitar descoserlo del todo, y sigue estando en nuestras manos.

Muchos seguramente recicláis, apoyáis a iniciativas de conservación o sacáis el tema durante la sobremesa después de una buena comida para que los familiares os escuchen. Pero os seguiréis preguntando qué cambio puedo hacer yo contra todo esto. Un paso importante es entender que el cambio está en nuestras manos, empieza en nosotros y no en los mandatarios que vienen y se van.

Por siglos y alrededor del mundo el ser humano obtiene recursos de la naturaleza, como estas setas. Que se mantenga en el futuro depende de nosotros.

Parte del problema, parte de la solución.

Para ello es importante, por una parte, entender que nuestras acciones, nuestros deseos, nuestras necesidades, tienen consecuencias. Cuando os compráis una prenda nueva de vestir, por ejemplo, detrás de ella hay horas de trabajo, desde la recolección de materias primas hasta su confección y transporte al lugar de venda. Usar el coche para ir a trabajar o ir a la playa también. Poner el aire acondicionado o la calefacción, comprar el pan, comer un filete a la parrilla, sentarse en el sofá a mirar la televisión… todas nuestras acciones tienen una repercusión, menor o mayor, hacia nuestro planeta. Depende de cada uno pararse a pensar en ellas y, pensando no como individuo, sino como miembro de una comunidad, de una sociedad, de una especie, como habitante de un planeta, ver cuáles son estos impactos. Y, de forma honesta, asumirlos, interiorizarlos. Y entonces habremos dado el paso más importante para lo que realmente importa: reducirlos.

Si no lo consiguiéramos, no podríamos culpar sólo a los acuerdos internacionales incumplidos, ni a las petroleras, ni a los colores del gobierno de turno. Sino que buena parte de la responsabilidad caería sobre nosotros, sobre ciudadanos, sobre madres, padres, hijos, abuelas, profesores, obreros, empresarias, médicos, barrenderas, campesinos y funcionarias.

Pero estamos convencidos que si lo vamos a lograr. Porque a nadie en su sano juicio le interesa lo contrario. Planetas “Tierra” de momento sólo conocemos uno, y creo que estaremos todos de acuerdo en que es el mejor de los lugares para vivir. Y, además, muy bonito.

 

Glaciares en las Torres del Paine, Chile.

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